Publicado originalmente en Primera Línea.
El mundo discute los centros de datos metiendo todo en el mismo saco: falsedades amplificadas, preocupaciones legítimas e historias de terror de instalaciones que hoy difícilmente se repetirían. Esa mezcla lleva al público a asumir que la parálisis es el único camino sensato.
Irlanda tardó cuatro años en escribir sus reglas; Estados Unidos pelea condado por condado y las redes sociales se inundan con preocupaciones que confunden al público. Costa Rica es pequeña, y esa es justamente la ventaja que tenemos: una única red, un único regulador y una conversación que no sucede mientras se cierra la ventana de oportunidad. Debemos separar lo cierto de lo exagerado, planear un camino que se alinee a nuestros valores y decidir mientras la ventana está abierta. No dejar que la inacción decida por nosotros.
No sería la primera vez que decidimos rápido y contra la corriente.
En 1948 Costa Rica apostó por el conocimiento como núcleo de su desarrollo. Decidimos abolir el ejército contra toda tendencia mundial del momento y dejamos nuestra seguridad en manos de las relaciones internacionales pacíficas, tratados y el comercio.
Independientemente de las razones específicas que motivaron la abolición del ejército (hay varias versiones), la realidad es que una economía interconectada y de alto valor es una forma de proteger al país, es seguridad nacional en sí misma.
Como Steven Pinker menciona en su trabajo (respaldado por las ideas de Montesquieu y Kant), el comercio convierte al otro en más valioso vivo que muerto. Es decir, en lugar de saquearnos, un socio comercial nos ve como un activo, no un obstáculo. Mueve al mundo de la mentalidad suma-cero (saqueo y guerra) a una lógica suma-positiva (intercambio voluntario, donde ambas partes ganan). Además de la seguridad que trae esa interdependencia comercial, también trae progreso económico para el país.
Por esto, es fundamental no sentarnos en los laureles. El mundo cambia de manera acelerada y debemos observar de cerca cómo seguimos calzando en la cadena de valor global para seguir siendo relevantes los siguientes 100 años.
Costa Rica cuenta con otro factor diferenciador a escala global, uno que en su momento también resultó contraintuitivo. Cuando el país pudo optar por la alternativa barata e inmediata de quemar combustible importado, decidimos electrificarlo mediante generación renovable y limpia. Invertimos en represas y asumimos una apuesta que muchos cuestionaron entonces, apelando a la cautela.
Décadas preparándonos para este momento
El conjunto de acciones anteriormente mencionadas, nos coloca en una posición privilegiada para navegar la ola de cómputo e inteligencia actual, habilitada por centros de datos de última generación. Pero antes de hablar de ello, veamos la evidencia de la estrategia emergente que menciono acá.
La apuesta por la educación no sólo probó réditos al atraer empresas del calibre de Intel hace 3 décadas, sino que demostró que un país abierto a la inversión recibe beneficios más allá del retorno fiscal inmediato: se formó una generación de técnicos de precisión, ingenieros y especialistas que, cuando Intel giró hacia servicios e investigación y desarrollo, alimentó el siguiente salto.
Siguiendo ese posicionamiento del país, nos convertimos en el segundo exportador de dispositivos médicos de América Latina y hoy equivale a la mitad de las exportaciones de bienes. Generamos alto valor en el mundo. Pasamos de ser el país que vendía banano y café, a exportar catéteres, marcapasos y servicios intensivos en conocimiento.
Por supuesto Costa Rica no es el único país que siguió esta estrategia. Irlanda pasó de ser uno de los países más pobres de Europa a ser uno de los principales centros tecnológicos. Estonia y Singapur por su parte también escalaron deliberadamente, transformando su economía, a pesar de lo retos.
Lejos de defender el escalón en el que estamos, debemos apostar a seguir subiendo en la cadena de valor. Ya somos una economía de alta tecnología. La pregunta es si vamos a quedarnos acá o mantener nuestra visión a largo plazo con apuestas audaces.
Lo que nos falta
Los países más prósperos tienen acceso a energía abundante. Cuando nos encontramos con situaciones como la sequía del 2024, en lugar de pensar “debemos consumir menos, crecer menos”, deberíamos voltearnos al futuro y decir “necesitamos aún más generación firme, suplir la demanda y atraer a quién busque energía limpia y firme”.
Alguien dirá, con razón, que un nuevo consumidor constante y enorme enchufado a una red hidroeléctrica compite con los hogares en años secos. Es cierto, y es la preocupación legítima que debe guiar el diseño de la estrategia.
El ICE ha estimado que sólo la transmisión requiere cerca de mil millones de dólares en la próxima década, y advierte que sin esa inversión las tarifas subirán. Un país con el nivel de deuda de Costa Rica no va a financiar eso con presupuesto (casi la mitad del Presupuesto de la República se va a pago de deuda). Y sin embargo, la ley mantiene la generación privada topada en 30% de la capacidad instalada, con el ICE como único comprador.
Es decir: el Estado no tiene con qué expandir la red, y la ley no deja que la expanda alguien más. En lugar de prudencia, eso es un candado para el futuro del país.
¿Por qué centros de datos en el país?
En este momento, los grandes operadores de centros de datos no sólo compran electricidad, están financiando nueva generación. Están invirtiendo en maneras más firmes, rentables e innovadoras de generarla. Alphabet fondeó 1.900 MW de renovables y almacenamiento para alimentar un solo centro en Minnesota; Google contrató geotermia con desarrolladores especializados; Microsoft se comprometió a sumar 40 GW a la red.
Por eso, la adicionalidad responde al argumento de la sequía. Un centro de datos que llega con su propia capacidad de generación, adicional a la existente en la red, no compite con los hogares por la electricidad hidroeléctrica ni compromete nuestra soberanía energética.
Contamos con las condiciones adecuadas para atraer inversiones que buscan como aliado a un país verde como el nuestro y, de ese modo, acceder a capital sin endeudar aún más a las siguientes generaciones. Además, la capacidad financiada con recursos privados queda instalada en el país.
La sinergia entre la demanda constante de los centros de datos y en muchos casos un compromiso con energía limpia puede ayudar al país a costear la expansión de generación firme que no hemos podido pagar por nuestra cuenta. Pasamos de “nos van a quitar la luz” a “que traigan la electricidad que les falta y de paso que nos ayuden a construir la que nos falta a nosotros”.
Y la energía no es lo único que ganamos. Un país se vuelve más soberano cuando controla las capacidades que antes rentaba afuera.
Hoy en día prácticamente todo servicio nacional corre en nubes extranjeras. Tener centros de datos localmente (ya existen varios de pequeña escala) permiten que los datos residan en el país, en especial los datos sensibles.
Atraer la construcción de centros de datos en el país no implica simplemente abrir la puerta y ya. Varios países han convertido el cómputo en un recurso que genera beneficios al público. Por ejemplo, NAIRR en Estados Unidos y la IndiaAI Mission brindan a universidades, investigadores y startups acceso a miles de GPU. En lugar de tener que comprarles capacidad, podemos exigirla como condición a cambio del recurso escaso que ofrecemos: energía limpia y firme.
Nos movemos de un discurso de soberanía a una construcción estratégica del mismo.
Otro factor que se comprobó en el pasado es que al atraer compañías de alta tecnología, más allá de los beneficios fiscales, permite desarrollar conocimiento local y nos prepara para subir el siguiente peldaño. La llegada de la computación avanzada y la inteligencia artificial puede ayudar a formar la próxima generación de especialistas costarricenses en esta nueva ola tecnológica, así como Intel contribuyó a formar la anterior.
Esta ola no se limita a los memes generados por IA. Estamos hablando de la próxima generación del desarrollo global de software, los servicios financieros, la salud personalizada, el desarrollo de medicamentos y la cura de enfermedades. Hoy resulta imposible anticipar el alcance completo de sus aplicaciones.
El BID ha documentado que, en América Latina, cada centro de datos reduce la dependencia tecnológica externa y crea las condiciones para que surjan empresas capaces de competir a escala global.
Si bien no supone una explosión de empleo, representa una apuesta por la alta especialización, como ya hemos visto en el pasado, y por el potencial de ese conocimiento para impulsar la próxima generación de startups costarricenses con alcance global.
Acelerar bajo nuestras condiciones
Lejos de ser un cheque en blanco, abrir las puertas entendiendo nuestra ventaja comparativa nos permite definir las condiciones que nos beneficien a largo plazo y que nos integren al cambiante mercado global de inteligencia artificial. Esas condiciones son la diferencia entre acelerar y regalar nuestros recursos.
Los avances tecnológicos, impulsados en parte por la presión de comunidades que han reclamado mayor sostenibilidad y en parte por la propia economía de la eficiencia, han llevado el desarrollo de los mismos a una madurez aceptable para nuestros fines país. Es decir, nos permitirían contar con un ancla en el futuro sin sacrificar nuestros activos naturales.
Debemos adoptar una visión que permita avanzar con rapidez, pero bajo condiciones que beneficien al país: adicionalidad energética; sistemas de refrigeración de circuito cerrado, sin consumo de agua; capacidad de cómputo reservada; contratación y formación de talento local; estándares de eficiencia; y un ordenamiento territorial que evite impactos en los ecosistemas. Todo ello, sin otorgar exoneraciones a inversiones que, gracias a nuestras ventajas comparativas, llegarían de cualquier manera.
Exigir que sean amigables con el ambiente no nos cuesta nada: esa tecnología ya es el estándar desde 2024. Lo inconsistente sería dejar que vengan modelos antiguos y no sostenibles.
Si nuestro activo es ser un país verde, el único centro de datos que tiene sentido aquí es uno que no lo comprometa.
Y no hay que imaginarse esas condiciones, ya están escritas fuera del país. Irlanda, el país que más lejos llegó con esta misma apuesta, dejó que los centros de datos pasaran del 5% al 22% de su electricidad, congeló las conexiones cuatro años, y en diciembre de 2025 las reabrió exigiendo exactamente lo que argumento aquí: generación propia que iguale su consumo y 80% de renovables nuevas construidas en el país. Aprendamos de los que ya caminaron este camino.
¿Puede salir mal? Claro que sí. También pudo salir mal la manufactura de precisión, la industria médica, Intel, puertos, parques nacionales. Cualquier cosa mal diseñada puede salir mal. Traer fábricas a un país tropical con biodiversidad frágil pudo ser un desastre. ¿Lo fue? No, porque establecimos condiciones y garantizamos su cumplimiento.
La pregunta útil no es si algo puede salir mal (todo puede), sino si sabemos cómo hacerlo bien. Tenemos tres décadas de evidencia de que sí, escoger a dedo casos internacionales donde las cosas salieron mal solo refuerza la necesidad de planear bien.
El país no llegó a donde está hoy en día pausando el progreso por los posibles riesgos. Llegó evaluando de manera sensata y técnica las opciones, apostando en hacer lo que nos diferencia del resto del mundo.